Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Lo ves, Natasha! —exclamó—. Ni tú misma te lo creías; hace apenas dos horas no dabas crédito a tus sospechas. Nada, esto hay que arreglarlo; toda la culpa es mía, yo soy el causante de todo y lo voy a arreglar. ¡Natasha, permíteme que vaya ahora mismo a casa de mi padre! Tengo que verle; se siente ultrajado, ofendido, necesita consuelo; puedo explicárselo todo, hablando en mi nombre, únicamente en mi nombre; tú no te vas a ver involucrada. Y voy a arreglarlo todo… No te enfades conmigo porque esté deseando ir a verle, aunque tenga que dejarte a ti. No es eso, es que me da lástima de él; ya verás cómo acaba pidiéndote disculpas… Mañana, en cuanto amanezca, estaré aquí de vuelta y me pasaré todo el día contigo; no pienso ir a casa de Katia…

Natasha no le retuvo, incluso ella misma le aconsejó que fuera. Tenía un miedo espantoso a que Aliosha se sintiera obligado a pasarse los días a su lado y terminara aburriéndose de ella. Únicamente le pidió que no le dijera nada en su nombre, y trató de ponerle la más alegre de sus sonrisas al despedirse de él. Ya estaba a punto de marcharse cuando Aliosha, de pronto, se acercó a ella, le tomó ambas manos y se sentó a su lado. La miraba con una ternura indescriptible.



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