Humillados y ofendidos

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V

A la mañana siguiente, Nellie me contó algunas cosas bastante raras relacionadas con la visita de la víspera. Ya era bastante extraño de por sí que a Maslobóiev se le hubiera ocurrido ir a verme aquella noche: sabía de fijo que yo no me encontraba en casa; yo mismo se lo había advertido en nuestro último encuentro, me acordaba perfectamente. Nellie me dijo que al principio no quería abrir, porque tenía miedo: eran ya las ocho de la tarde. Pero él insistió a través de la puerta, asegurando que, si no me dejaba una nota en ese momento, al día siguiente, por no sé qué motivo, yo me vería en graves apuros. Cuando le dejó entrar, escribió en seguida la nota; después se acercó a ella y se sentó a su lado en el sofá.









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