Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos A la mañana siguiente, Nellie me contó algunas cosas bastante raras relacionadas con la visita de la vÃspera. Ya era bastante extraño de por sà que a Maslobóiev se le hubiera ocurrido ir a verme aquella noche: sabÃa de fijo que yo no me encontraba en casa; yo mismo se lo habÃa advertido en nuestro último encuentro, me acordaba perfectamente. Nellie me dijo que al principio no querÃa abrir, porque tenÃa miedo: eran ya las ocho de la tarde. Pero él insistió a través de la puerta, asegurando que, si no me dejaba una nota en ese momento, al dÃa siguiente, por no sé qué motivo, yo me verÃa en graves apuros. Cuando le dejó entrar, escribió en seguida la nota; después se acercó a ella y se sentó a su lado en el sofá.
