Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos A las siete en punto de la tarde me presenté en casa de Maslobóiev. Me recibió con los brazos abiertos, profiriendo grandes exclamaciones. Ni que decir tiene que estaba medio borracho. Pero lo que más me asombró fueron los extraordinarios preparativos que habían realizado para mi visita. Era evidente que me estaban esperando. Un hermoso samovar de tombac[49] hervía sobre una mesita redonda cubierta con un bello y preciado mantel. El servicio de té resplandecía con su cristal, plata y porcelana. En otra mesa, cubierta por un mantel de distinto tipo, aunque no menos valioso, había platos con magníficos bombones, mermeladas y frutas escarchadas de Kiev, pasta de fruta, jalea, confituras francesas, naranjas, manzanas y tres o cuatro tipos de frutos secos… En una palabra: una frutería entera. En una tercera mesa, cubierta con un mantel blanco como la nieve, había aperitivos variados: caviar, queso, paté, embutidos, jamón, pescado y una hilera de excelentes botellas de cristal con vodka de numerosas clases y vistosos colores: verde, rubí, marrón, dorado. Finalmente, en una pequeña mesita, dispuesta a un lado, cubierta también por un mantel blanco, había dos cubetas en las que se refrescaba el champán. En la mesa que se hallaba frente al diván destacaban tres botellas, de Sauternes, Lafitte y coñac, carísimos ejemplares procedentes de la bodega de Yeliséiev. A la mesita de té estaba sentada Aleksandra Semiónovna, arreglada y vestida de forma sencilla, aunque evidentemente refinada, estudiada y apropiada. Era consciente de lo bien que le sentaba su indumentaria y no podía disimular su orgullo; al recibirme, se levantó con cierta solemnidad. El gozo y la alegría resplandecían en su lozano rostro. Maslobóiev llevaba unas bellas pantuflas chinas, un batín caro, que dejaba ver una elegante y fresca ropa blanca. Su camisa lucía, en todos los sitios donde había algo que abrochar, modernos botones y gemelos. Iba peinado a la moda, con el cabello untado de pomada y raya a un lado.
