Humillados y ofendidos

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VII

Me apresuré a volver a casa: las palabras de Maslobóiev me habían afectado mucho. Sabe Dios lo que se me pasó por la cabeza… Pero en casa, como hecho a propósito, me esperaba algo que me sacudió como la descarga de un aparato eléctrico.

Justo enfrente del portal del edificio donde residía había una farola. Acababa yo de llegar al portal, cuando de pronto se abalanzó sobre mí desde esa farola una extraña figura, que me hizo soltar un grito. Era una criatura asustada, temblorosa, trastornada que, dando un chillido, me agarró de los brazos. Me llevé un susto de muerte. ¡Era Nellie!

—¡Nellie! ¿Qué ocurre? —exclamé—. ¿Qué haces aquí?

—Arriba… Ha venido… Está en casa…

—¿Quién? Vamos, ven conmigo.

—¡No quiero! ¡No quiero! Esperaré a que se vaya… en el rellano… No quiero.

Subí a casa con un extraño presentimiento, abrí la puerta y vi allí al príncipe. Estaba sentado a la mesa leyendo una novela. Al menos, tenía delante un libro abierto.


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