Humillados y ofendidos

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VIII

El trayecto no era largo, nos dirigíamos a la altura del puente Torgovy. Al principio guardamos silencio. No paraba de preguntarme cómo iba a abordar el tema el príncipe. Tenía la sensación de que me pondría a prueba, de que me tantearía, de que intentaría sonsacarme. Pero inició la conversación sin recurrir a treta alguna y fue directo al grano.

—En este momento hay una circunstancia que me preocupa especialmente, Iván Petróvich —comenzó—. Antes de nada, quiero hablar con usted sobre ese asunto y pedirle su consejo. Hace tiempo que decidí renunciar al dinero que gané en el proceso y cederle a Ijménev los diez mil rublos en litigio. ¿Cómo podría hacerlo?

«Es imposible que no sepas cómo —se me pasó por la cabeza—. ¿No me estarás tomando el pelo?»

—No lo sé, príncipe —respondí de la forma más ingenua posible—. En lo que respecta a Natalia Nikoláievna, estoy dispuesto a poner en su conocimiento toda la información que necesite, pero sobre lo otro está claro que usted sabe más que yo.


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