Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Es una muchacha encantadora, ¡y eso que me puso verde! —prosiguió, paladeando el vino—. Aunque las criaturas más encantadoras están especialmente encantadoras en momentos asÃ… Aquella noche, no sé si lo recuerda, seguro que pensaba que me estaba dejando en ridÃculo. Se quedó convencida de que me habÃa hecho morder el polvo. ¡Ja, ja, ja! ¡Y hay que ver lo guapa que se pone cuando se ruboriza! ¿Entiende usted de mujeres? A veces, un rubor repentino queda divinamente en unas mejillas pálidas, ¿se habÃa fijado usted? ¡Ay, Dios mÃo! Me parece que se está enfadando otra vez.
—Pues sÃ, ¡me estoy enfadando! —exclamé, incapaz de contenerme—. No quiero que siga usted hablando de Natalia Nikoláievna… es decir, que siga hablando en ese tono. Yo… ¡no se lo consiento!
—¡Caray! Muy bien, como usted guste, cambiaré de tema. Soy blando y maleable como masa de pan. Hablemos de usted. Le tengo mucha estima, Iván Petróvich. Si supiera hasta qué punto es genuino y cordial el interés que siento por usted…
—PrÃncipe, ¿no serÃa mejor que fuéramos al grano? —le interrumpÃ.