Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos La amenaza iba en serio. Asà que accedÃ. «¿No será que quiere emborracharme?», pensé. Por cierto, aquà podrÃa venir a cuento cierto rumor sobre el prÃncipe que hace ya tiempo llegó a mis oÃdos. Contaban de él —que siempre destacaba en sociedad por sus buenos modales, por su finura— que algunas noches le daba por emborracharse; en tales ocasiones se agarraba unas curdas tremendas y se entregaba en secreto a toda clase de excesos, a vicios repulsivos y ocultos… Oà cosas terribles sobre el prÃncipe… DecÃan que Aliosha era consciente de que su padre bebÃa en ocasiones, y que intentaba por todos los medios que los demás no se enteraran, sobre todo Natasha. En cierta ocasión me hizo alguna insinuación, pero inmediatamente cambió de tema y no respondió a mis preguntas. Lo cierto es que tales rumores no me llegaron a través de él, y debo confesar que en un principio yo no les habÃa dado crédito. En aquellos momentos, estaba expectante.
Nos trajeron el champán; el prÃncipe se sirvió una copa y me sirvió otra a mÃ.