Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡No me diga esas cosas! Tiene usted que acompañarme esta noche. Me encuentro divinamente, y como mi bondad raya en el sentimentalismo, soy incapaz de sentirme dichoso si no es en compañÃa. Quién sabe, a lo mejor acabamos brindando como dos buenos camaradas. ¡Ja, ja, ja! ¡No, mi joven amigo, usted no me conoce todavÃa! Estoy convencido de que acabará apreciándome. Quiero que comparta esta noche conmigo las alegrÃas y las penas, la risa y el llanto, aunque, eso sÃ, espero no echarme a llorar, al menos yo. ¿Qué dice, Iván Petróvich? Dese usted cuenta de que, si no se cumplen mis deseos, toda mi inspiración se desvanecerá, se la llevará el viento, y usted se quedará sin oÃrme. Y usted está aquà únicamente para oÃr lo que tengo que decirle. ¿A que sÃ? —añadió, con un nuevo guiño insolente—. Usted elige.