Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Capítulo I

No voy a describir mi indignación. Aunque debería habérmelo esperado, estaba estupefacto: era como si aquel hombre me hubiera desvelado, súbitamente, toda su monstruosidad. Pero recuerdo que mis sensaciones eran confusas: como si me hubieran derribado de un golpe y me estuvieran aplastando, y la más negra angustia me oprimiera el corazón. Estaba asustado por Natasha. Presentía que la esperaban muchos sufrimientos y empecé a inquietarme, pensando en cómo sortearlos, cómo hacerle más llevaderos esos momentos finales previos al desenlace de todo aquel asunto. Pues no cabía duda de que el desenlace estaba ya muy próximo. Se estaba acercando, y era imposible no darse cuenta de qué clase de desenlace sería.

Ni siquiera reparé en cómo había llegado hasta casa, a pesar de que la lluvia me fue calando hasta los huesos por el camino. Ya eran las tres de la madrugada. No tuve tiempo de llamar a la puerta de mi apartamento cuando se oyó un gemido y la puerta se abrió de inmediato: era como si Nellie, en lugar de acostarse, hubiera estado esperándome, pegada a la puerta. Había una lamparilla encendida. Me fijé en la cara de Nellie y me asusté. Estaba completamente alterada; los ojos le ardían, como si estuviera delirando, y tenía una mirada salvaje: no parecía reconocerme. Le había subido mucho la fiebre.


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