Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Habían pasado dos semanas; Nellie se iba recuperando. No había vuelto a tener fiebre alta, aunque seguía muy delicada. Se levantó de la cama ya a finales de abril, un día claro y luminoso. Estábamos en Semana Santa.
¡Pobre criatura! No puedo mantener el orden de antes en mi relato. Ha transcurrido mucho tiempo hasta llegar hasta este momento en el que estoy anotando aquel pasado, pero aún sigo sintiendo la misma pena aguda y lacerante cada vez que recuerdo su carita delgada y las largas y penetrantes miradas de sus ojos negros cuando nos quedábamos a solas: me observaba detenidamente desde la cama, y no paraba de mirarme, como si me retara a adivinar lo que estaba pensando, hasta que, viendo que no lo adivinaba y seguía igual de desconcertado que antes, sonreía en silencio, como para sí, y me tendía cariñosamente su menuda mano cálida, con sus dedos finos, resecos. Ahora todo eso ha pasado, todos esos hechos son ya bien conocidos, pero yo no he acabado de comprender los secretos de aquel pequeño corazón, enfermo, maltratado y ofendido.
