Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Después de la memorable velada que tuve con el príncipe en el restaurante B., estuve algunos días muy asustado por Natasha. «¿Con qué la habrá amenazado ese maldito príncipe y cómo querrá exactamente vengarse de ella?», me preguntaba a cada paso, y me perdía en toda clase de hipótesis. Finalmente llegué a la conclusión de que tales amenazas no eran ninguna broma, no eran mera fanfarronería, y concluí que, mientras Natasha siguiera unida a Aliosha, el príncipe realmente podía causarle muchos disgustos. «Es un hombre mezquino, vengativo, malvado y calculador», pensaba yo. Difícilmente iba a olvidar un ultraje, y no dejaría de aprovechar cualquier ocasión que se le presentara para vengarse. En cualquier caso, había hecho referencia a un punto decisivo en este asunto y había sido muy claro: exigía a toda costa que Aliosha rompiera con Natasha y esperaba que yo la preparara para la inminente separación, evitando todo tipo de «escenas, cuadros bucólicos o dramas dignos de Schiller». Naturalmente, lo que más le preocupaba era que Aliosha estuviera conforme con él y siguiera considerándolo un padre cariñoso; eso era fundamental para, más tarde, poder ejercer fácilmente el control sobre el dinero de Katia. De modo que mi misión consistía en preparar a Natasha para la ruptura que se avecinaba. Pero yo había advertido un cambio importante en ella: nada quedaba de su antigua franqueza conmigo; más aún, se diría que ya no se fiaba de mí. Mis esfuerzos por consolarla la disgustaban; mis preguntas cada vez la molestaban más y llegaban a enojarla. En ocasiones, me sentaba a su lado, mirándola. Ella se ponía a dar vueltas por la habitación, con los brazos cruzados, yendo de un lado para otro, muy seria, pálida, abstraída, como si no se acordara de que yo estaba ahí. Cuando, por casualidad, me miraba (aunque ella incluso rehuía mi mirada), de pronto brotaba en su rostro un gesto impaciente de fastidio y rápidamente se volvía. Yo me daba cuenta de que probablemente estaría trazando su propio plan para la inminente ruptura, y sabía que era imposible que pensara en esas cuestiones sin experimentar dolor y amargura. Y, al mismo tiempo, no me cabía ninguna duda de que estaba decidida a romper. Pero, en cualquier caso, su lóbrega desesperación me hacía mucho daño. En algunos momentos, para colmo, no me atrevía a hablar con ella, a decirle unas palabras de consuelo, y me limitaba a esperar aterrado la resolución del conflicto.
