Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Nos quedamos todos perplejos al ver su inesperada actitud, tan solemne. Durante unos instantes su padre la miró atónito.

—¡Natáshenka! ¡Niña mía! ¡Hija mía! ¡Cariño! ¿Qué te ocurre? —gritó al fin, y se le saltaron las lágrimas—. ¿Qué te angustia? ¿Por qué lloras día y noche? Yo lo veo todo; ¡no duermo por las noches, me levanto y escucho a través de tu puerta! Cuéntamelo todo, Natasha, sincérate con este viejo, y nosotros…

No llegó a acabar la frase; levantó a la muchacha y la abrazó con fuerza. Ella, temblorosa, se apretó contra su pecho y ocultó la cabeza en su hombro.

—No es nada, no es nada, sencillamente… no me encuentro muy bien… —repetía, ahogándose con las lágrimas contenidas.

—¡Que Dios te bendiga como yo te bendigo, cariño mío, mi niña preciosa! —dijo el padre—. Que te envíe por siempre paz para tu alma y te guarde de todo mal. Rézale a Dios, querida mía, para que la oración de este pecador llegue hasta Él.

—¡Yo también, yo también te doy mi bendición! —añadió la anciana, deshaciéndose en lágrimas.

—¡Adiós! —musitó Natasha.


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