Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¿A qué viene ese adiós, ángel mío? ¡Ni que fueras muy lejos! Al menos te dará un poco el aire; mira qué pálida estás. ¡Ah, se me olvidaba! (Si es que todo lo olvido…) Ya te he acabado el escapulario; he cosido en él una oración, ángel mío; una monja de Kiev me la enseñó el año pasado, es una oración muy eficaz; acabo de coserla hace un momento. Póntelo, Natasha. Tal vez Dios te devuelva la salud. Eres lo único que tenemos.

Y la viejecilla sacó del costurero una crucecita de oro que Natasha siempre llevaba; el escapulario recién cosido colgaba de la misma cinta.

—¡Que te traiga buena salud! —añadió poniéndole a su hija la cruz y persignándola—. Antes te persignaba de este modo todas las noches al acostarte, rezaba una oración y tú repetías mis palabras. Pero ahora has cambiado, y Dios no te concede paz de espíritu. ¡Ah, Natasha, Natasha! ¡Ni siquiera las oraciones de tu madre te sirven de ayuda! —Y la anciana rompió a llorar.

Sin decir nada, Natasha le besó la mano y se dirigió hacia la puerta; pero de pronto, volvió rápidamente sobre sus pasos y se acercó a su padre. Su pecho estaba intensamente agitado.

—¡Padre! Bendiga usted también… a su hija —dijo con voz ahogada, y se hincó ante él de rodillas.


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