Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pensabas ir a vÃsperas, Natasha, y ya están tocando a misa —dijo la anciana—. Ve, Natáshenka, ve a rezar. ¡Por suerte, la iglesia no queda lejos! De paso, tampoco te vendrá mal darte un paseo. ¿Cómo vas a quedarte aquà encerrada? Mira qué pálida estás, ni que te hubieran echado mal de ojo.
—Yo… quizá… no vaya hoy —respondió Natasha pausadamente, en voz baja, casi en susurros—. Yo… no me encuentro bien —añadió y se puso pálida como una pared.
—Mejor serÃa que fueras, Natasha; hace un instante querÃas ir y hasta traÃas el sombrero. Ve a rezar, Natáshenka; ruégale a Dios que te dé salud —la exhortaba Anna Andréievna, mirando con temor a su hija, como si le tuviera miedo.
—SÃ, vete; asà aprovechas para darte un paseo —añadió el viejo, lleno también de preocupación, escrutando con la mirada el rostro de su hija—; tu madre tiene razón. Que Vania te acompañe.
Me pareció que una amarga sonrisa cruzó por los labios de Natasha. Se acercó al piano, cogió el sombrero y se lo puso; le temblaban las manos. Todos sus movimientos parecÃan inconscientes, como si no se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Sus padres la miraban fijamente.
—¡Adiós! —dijo con voz apenas audible.