Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Traía el sombrero en las manos y, al entrar, lo dejó sobre el piano; después, se dirigió hacia mí y, sin pronunciar palabra, me tendió la mano. Sus labios se movieron ligeramente; daba la impresión de que quisiera decirme algo, como un saludo, pero no dijo nada.
Llevábamos tres semanas sin vernos. La observé con perplejidad y temor. ¡Cómo había cambiado en tres semanas! Se me encogió el corazón al contemplar aquellas mejillas pálidas y hundidas, aquellos labios agrietados, como por la fiebre, y aquellos ojos que, bajo las oscuras y largas pestañas, centelleaban con un fuego delirante e irradiaban una apasionada determinación.
Pero ¡Dios mío, qué hermosa estaba! Nunca, ni antes ni después, la he visto como en ese fatídico día. ¿Era aquélla la misma… la misma Natasha, la misma chiquilla que sólo un año antes no apartaba los ojos de mí y que, moviendo sus labios al tiempo que yo movía los míos, escuchaba la lectura de mi novela; la misma que, tan alegre y despreocupada, reía y bromeaba aquella noche con su padre y conmigo durante la cena? ¿Era la misma Natasha que en aquella habitación, inclinando la cabeza y toda ruborizada, me había dicho: «Sí»?
Se oyó el profundo sonido de la campana llamando a vísperas. La muchacha se estremeció y se santiguó la vieja.