Humillados y ofendidos

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—Así es, bátiushka, está en casa —respondió, como si mi pregunta la hubiera contrariado—. En seguida sale. ¡Casi nada! ¡Tres semanas sin vernos! Pues sí, se nos ha vuelto un tanto… No hay manera de saber qué es lo que le pasa: si se encuentra bien o si está enferma. ¡Que Dios la asista!

Y lanzó una mirada temerosa a su marido.

—¡Qué va! No le pasa nada —replicó Nikolái Sergueich de mala gana y con brusquedad—. Se encuentra perfectamente. La muchacha se está haciendo mayor, ha dejado de ser una niña; eso es todo. ¿Quién puede comprender las penas y los caprichos de las muchachas?

—¿Qué dices de caprichos? —intervino Anna Andréievna en tono quisquilloso.

El viejo se calló y empezó a repiquetear con los dedos en la mesa. «¡Dios mío! ¿No habrá habido algo entre ellos?», pensé horrorizado.

—Bueno, y ¿qué tal le van las cosas a usted? —prosiguió el viejo—. ¿Qué, sigue B. escribiendo críticas?

—Sí, así es —contesté.

—¡Ah, Vania! ¡Vania! —concluyó, haciendo un ademán con la mano—. ¡Qué más dará la crítica!

Se abrió la puerta y entró Natasha.


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