Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Y qué, Vania? —preguntó de pronto el viejo, como volviendo en s×. ¿No habrás estado enfermo? ¿Por qué has estado tanto tiempo sin venir? Me siento culpable: hace tiempo que querÃa ir a verte, pero siempre surgÃa algo… —Y volvió a quedarse pensativo.
—He estado enfermo —contesté.
—¡Hum! ¡Enfermo! —repitió cinco minutos más tarde—. ¡Enfermo! ¡Ya te lo decÃa yo, ya te lo advertÃa, pero no me hacÃas caso! ¡Hum! No, hermano Vania: está claro que la Musa, desde que el mundo es mundo, ha morado hambrienta en una buhardilla, y asà continuará. ¡Asà son las cosas!
No, el viejo no estaba de buen humor. De no tener herido el corazón, no se habrÃa puesto a hablar conmigo de la Musa hambrienta. Observé su rostro: se habÃa puesto amarillo, en sus ojos se traslucÃa cierta perplejidad, un pensamiento en forma de problema que no era capaz de solucionar. Se mostraba violento e inusitadamente bilioso. Su mujer le miraba inquieta y sacudÃa la cabeza. Una de las veces en que él se volvió, ella aprovechó para hacerme un gesto sigiloso.
—¿Qué tal Natalia Nikoláievna? ¿Está en casa? —pregunté a la inquieta Anna Andréievna.