Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Es como si la estuviera viendo ahora mismo: me hablaba, pero en sus ojos había otra preocupación, la misma que afligía a su marido y le hacía estar ahí sentado, absorto en sus pensamientos, ante la taza de té que se enfriaba. Yo sabía que en aquel momento estaban abrumados por el pleito con el príncipe Válkovski, que no les iba del todo bien, y que además habían sufrido nuevos disgustos que habían abatido a Nikolái Sergueich hasta hacerle enfermar. El joven príncipe, por cuya culpa se había iniciado toda la historia de este proceso, había tenido unos cinco meses antes ocasión de visitar a los Ijménev. El viejo, que amaba a su querido Aliosha como a un hijo, se acordaba de él casi a diario y le recibió con gusto. A Anna Andréievna le recordaba a Vasílievskoie, y se deshacía en lágrimas. Aliosha empezó a visitar su casa cada vez con más frecuencia, a escondidas de su padre; Nikolái Sergueich, hombre honrado, abierto y franco, rehusó indignado tomar ninguna clase de precauciones. Por noble orgullo, ni siquiera se paraba a pensar en lo que diría el príncipe si se enteraba de que su hijo era recibido de nuevo en casa de los Ijménev, y desdeñaba en su cabeza todas las absurdas sospechas que aquél pudiera abrigar. Pero el viejo no sabía si le quedarían fuerzas para soportar nuevos agravios. El joven príncipe empezó a ir a su casa casi todos los días. Los ancianos se sentían a gusto con él. Compartía con ellos largas veladas hasta bien pasada la medianoche. El padre, naturalmente, acabó enterándose de todo. Aquello dio lugar a las más abominables habladurías. El príncipe ofendió a Nikolái Sergueich con una horrible carta, insistiendo en el tema de siempre, y a su hijo le prohibió terminantemente visitar a los Ijménev. Aquello había sucedido dos semanas antes de que yo me presentara en la casa. El viejo se puso muy triste. ¡Cómo! ¡Involucrar de nuevo a su inocente y noble Natasha en aquella sucia calumnia, en aquella vileza! El nombre de la muchacha había sido mancillado por el mismo individuo que antes le había ultrajado a él… ¡Y dejar todo eso sin una reparación! Los primeros días había caído en cama por el disgusto. Todo eso ya lo sabía yo. Toda aquella historia había llegado a mis oídos con detalle; no obstante, enfermo y abatido en los últimos tiempos, llevaba casi tres semanas sin aparecer por allí, guardando cama en mi piso. Pero yo sabía, además… ¡No! Entonces tan sólo lo presentía; sabía, aunque no quería creerlo, que aparte de esa historia tenía que haber otra cosa que los inquietaba más que nada en el mundo, y los observaba con angustia. Sí, sufría; me daba miedo adivinarlo, me daba miedo creerlo y deseaba con todas mis fuerzas retrasar el fatídico momento. Y, sin embargo, fui hasta allí por ella. ¡Era como si algo me empujase a su casa aquella noche!


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