Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos La muchacha caminaba en silencio, deprisa, con la cabeza baja y sin mirarme. Pero, cuando llegó al final de la calle y alcanzó el muelle, se detuvo de pronto y me cogió una mano.
—¡Me ahogo! —murmuró—. Me oprime el corazón… ¡Me ahogo!
—¡Regresa, Natasha! —grité, asustado.
—¿Es que no te das cuenta, Vania, de que me he marchado para siempre, de que me he ido de casa y no volveré jamás? —dijo, mirándome con tremenda congoja.
Se me cayó el alma a los pies. Todo esto ya lo presentía cuando me dirigía a su casa; todo esto me lo había imaginado vagamente, tal vez mucho antes de ese día; pero en ese momento sus palabras me dejaron fulminado.
Caminábamos tristes por el muelle. Yo era incapaz de decir nada; trataba de pensar, de reflexionar, pero estaba completamente trastornado. Me daba vueltas la cabeza. ¡Aquello me parecía tan horrendo, tan imposible!
—¿Me lo reprochas? —preguntó finalmente.
—No, sólo que… que no doy crédito; ¡eso no puede ser!… —respondí sin pensar lo que estaba diciendo.
—Sí, Vania, ¡es así! Me he ido de casa, y no sé qué será de ellos… ¡Ni tampoco sé qué será de mí!
—Vas a casa de él, ¿verdad, Natasha?
