Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Aliosha había llegado una hora antes del encuentro para preparar a Natasha. Yo, por mi parte, me presenté justo en el momento en que el coche de Katia se detenía junto al portal. Con ella venía una vieja dama francesa, la cual, tras interminables ruegos y titubeos, accedió incluso a que subiera sola a casa de Natasha, con la condición de que Aliosha la acompañara; ella, mientras tanto, se quedaría esperando en el coche. Katia me llamó y, sin bajarse del vehículo, me pidió que fuera a avisar a Aliosha. A Natasha me la encontré deshecha en lágrimas; tanto Aliosha como ella estaban llorando. Al oír que Katia ya había llegado, Natasha se levantó de la silla, se enjugó las lágrimas y se dirigió a la puerta, muy inquieta. Aquella mañana iba vestida toda de blanco. Llevaba lisos los cabellos castaños, recogidos por detrás en un grueso moño. Me gustaba mucho con ese peinado. Viendo que me iba a quedar con ella, me pidió que saliera a recibir a los invitados.
—Hasta ahora nunca había podido venir —me dijo Katia, subiendo las escaleras—. Me espían de una forma atroz; me he pasado dos semanas tratando de convencer a madame Albert, hasta que por fin ha accedido. Y usted, usted, Iván Petróvich, ¡no ha venido ni una vez a verme! Yo tampoco he podido escribirle, y la verdad es que tampoco me apetecía, porque una carta no aclara nada. Pero no sabe cómo necesitaba verle… Dios mío, cómo me palpita el corazón…
