Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Era mÃo —seguÃa diciendo—. Prácticamente desde la primera vez que le vi, nació en mà un deseo incontenible de que fuera mÃo, lo antes posible, de que no mirase a nadie más, de que no conociese a nadie más, sólo a mÃ, únicamente a mÃ… Esta misma mañana Katia lo ha explicado muy bien: yo le he querido, precisamente, como si todo el rato estuviera sintiendo lástima de él… Nunca he dejado de experimentar un deseo irresistible, que se convertÃa en un verdadero tormento cuando me quedaba sola, de que él fuera feliz, terriblemente feliz, perpetuamente feliz. Yo era incapaz de mirarle tranquilamente a la cara (tú ya conoces su expresión, Vania): nunca he visto una expresión como la suya y, cada vez que se reÃa, me quedaba helada y me estremecÃa… ¡Palabra!
—Escucha, Natasha…