Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Natasha, tienes fiebre, te van a dar escalofrÃos; tienes que cuidarte…
—Mira, Vania, he estado esperándote media hora, desde que él se ha ido, y ¿en qué dirÃas que he estado pensando? ¿Qué crees que me he estado preguntando? Pues me he estado preguntando si le he querido o no le he querido y qué clase de amor ha sido el nuestro. Te parecerá ridÃculo que no me lo haya preguntado hasta ahora…
—No te excites, Natasha…
—Pues ya ves, Vania, he llegado a la conclusión de que no le he amado como a un igual, del modo en que una mujer suele amar a un hombre. Le he amado como… casi como una madre. Tengo la sensación de que realmente no se da en este mundo esa clase de amor, en el que dos personas se quieren como iguales. ¿Qué piensas tú?
Yo la miraba intranquilo, temiendo que estuviera sufriendo un ataque febril. ParecÃa sentirse transportada, como si tuviera una necesidad imperiosa de hablar; algunas de las cosas que decÃa resultaban incoherentes, a veces ni siquiera pronunciaba las palabras con claridad. Me asusté mucho.