Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—No me maldiga —susurró Katia apresuradamente—. Yo… siempre… puede estar segura… Él va a ser feliz… ¡Vamos, Aliosha, acompáñame! —dijo deprisa, tomándolo de la mano.

—¡Vania! —me dijo Natasha, emocionada y exhausta, cuando ya habían salido—. Vete detrás de ellos y… y luego ya no vuelvas. Aliosha pasará la tarde conmigo, hasta las ocho; más tarde ya no puede quedarse, se va de viaje. Me deja sola… Ven a verme a las nueve. ¡Te lo ruego!

Esa misma noche, a las nueve, dejé a Nellie (tras el incidente de la taza rota) al cuidado de Aleksandra Semiónovna y me presenté en casa de Natasha. Ya estaba sola y me esperaba con impaciencia. Mavra nos trajo el samovar; Natasha me sirvió el té, se acomodó en el sofá y me pidió que me sentara a su lado.

—Pues sí, ya todo ha terminado —dijo, mirándome fijamente; nunca olvidaré esa mirada—. Y también nuestro amor ha terminado. ¡Medio año de vida! Y ha terminado para siempre —añadió, apretándome la mano.

Le ardía la mano. Intenté convencerla de que se abrigara y se fuera a la cama.

—En seguida, Vania, en seguida, mi buen amigo. Déjame hablar un poco, recordar algunas cosas… Ahora mismo estoy destrozada… Mañana, a las diez, le veré por última vez… ¡por última vez!


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