Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Natasha se levantó como si la hubieran pinchado. Por fin le habÃa entendido.
—¡Váyase! ¡Váyase ahora mismo! —gritó.
—Pero tenga presente, amiga mÃa, que el conde también puede servirle de ayuda a su padre…
—Mi padre nunca aceptará nada que venga de usted. ¡Déjeme de una vez! —volvió a gritar Natasha.
—¡Ay Dios, qué impaciente y qué desconfiada es usted! No me merezco este trato… —exclamó el prÃncipe, mirando en torno suyo con cierta inquietud—. En cualquier caso, permÃtame —prosiguió, sacándose un paquete del bolsillo— que le deje esta prueba de mi afecto y, en particular, del afecto del conde N., que ha sido quien me lo ha sugerido. Hay aquà diez mil rublos. Aguarde, amiga mÃa —se apresuró a añadir, viendo que Natasha se levantaba de su sitio, hecha una furia—, escuche con paciencia lo que le voy a decir: como usted sabe, su padre ha perdido el pleito que habÃa entablado contra mÃ, y estos diez mil rublos pueden servir como compensación, la cual…
—¡Fuera! —gritó Natasha—. ¡Aparte ese dinero de mi vista! Ya veo yo lo que pretende… ¡Miserable, miserable, miserable!
El prÃncipe se levantó de su asiento, pálido de rabia.