Humillados y ofendidos

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Seguramente, se había presentado allí con la intención de preparar el terreno y analizar la situación; sin duda, contaba con el efecto que esos diez mil rublos podrían tener en Natasha, abandonada por todos y abocada a la miseria. Vil y mezquino, más de una vez le había prestado servicios de esa naturaleza al conde N., un anciano libidinoso. Pero odiaba a Natasha y, viendo que su empresa no iba por el buen camino, cambió en seguida de tono y se apresuró a insultarla con perversa satisfacción, para no irse, al menos, de vacío.

—No está bien, querida mía, que se sulfure usted de ese modo —dijo con voz algo temblorosa, impaciente por disfrutar cuanto antes del efecto de sus insultos—; no está nada bien. Le ofrecen protección y hace usted un mohín de desprecio… Pues sepa que debería estarme agradecida: hace ya tiempo que podía haber hecho que la encerraran, como padre de un joven al que usted ha pervertido y ha desvalijado, pero no he querido… ¡je, je, je!

Justo en ese momento llegábamos nosotros. Al entrar en la cocina oímos unas voces; le dije al doctor que esperara un segundo, y así pude escuchar la última frase del príncipe. A continuación estalló su repulsiva risotada y el grito desesperado de Natasha: «¡Ah, Dios mío!». En ese instante abrí la puerta y arremetí contra el príncipe.


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