Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Le escupí en la cara y le abofeteé con todas mis fuerzas. Intentó revolverse contra mí, pero al ver que éramos dos optó por escapar, no sin antes coger de la mesa el paquete del dinero. Sí, eso fue lo que hizo, yo mismo fui testigo. Le tiré por la espalda un rodillo que cogí en la mesa de la cocina… Al volver corriendo al cuarto, vi al doctor intentando sostener a Natasha, que se contraía y se le escapaba de los brazos, víctima de un ataque. Tardamos mucho en apaciguarla, hasta que finalmente pudimos acostarla. Parecía que estaba delirando.
—¿Qué es lo que tiene, doctor? —pregunté muerto de miedo.
—Espere —me contestó—, hay que observar más detenidamente los síntomas para llegar a alguna conclusión… Pero, en términos generales, su estado es muy grave. Puede desembocar incluso en un ataque febril… En todo caso, habrá que tomar medidas…
Pero yo ya tenía otra cosa en la cabeza. Rogué al doctor que se quedase con Natasha otras dos o tres horas, y le pedí que me diera su palabra de que no se iba a apartar de ella ni un minuto. Contando con su palabra, me fui corriendo a casa.
Nellie estaba en un rincón, abatida y asustada, y me miró de una forma rara. Sin duda, yo debía de tener un aspecto muy extraño.