Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos La muchacha guardaba silencio; finalmente me lanzó una mirada de reproche, y vi en sus ojos tanto sufrimiento, tan intenso dolor, que comprendà cómo sangraba, sin necesidad de mis palabras, su herido corazón en esos momentos. Comprendà cuánto le habÃa costado tomar su decisión y cómo la estaba atormentando yo con mis palabras vanas y tardÃas; comprendà todo eso, y, sin embargo, no pude contenerme y proseguÃ:
—Si hace un instante le decÃas a Anna Andréievna que quizá no saldrÃas de casa… para ir a vÃsperas. ¿Significa eso que querÃas quedarte, que aún no te habÃas decidido del todo?
En respuesta tan sólo me sonrió con amargura. ¿Y para qué le habÃa preguntado eso? De sobra sabÃa que su decisión era irrevocable. Pero yo también me hallaba fuera de mÃ.
—¿Tanto le amas? —grité, mirándola ansioso, casi sin comprender lo que le estaba preguntando.
—¿Qué puedo responderte, Vania? ¡Ya lo ves! Me ha dicho que venga y aquà estoy, esperándole —dijo con la misma amarga sonrisa.