Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Y también me contó otra cosa —prosiguió Nellie, cada vez más animada, como si tuviera ganas de replicar a Nikolái Sergueich, por más que se estuviera dirigiendo a Anna Andréievna—. Me dijo que el abuelo estaba muy enfadado con ella, y que ella se habÃa portado muy mal con él, y que no tenÃa a nadie más en el mundo, aparte del abuelo. Y todas esas cosas me las contaba llorando… «A mà nunca me va a perdonar —me dijo al poco de llegar nosotras aqu×. Pero es posible que a ti sà te acepte y te quiera, y que, gracias a ti, acabe por perdonarme también a mû. Mamá me querÃa mucho y, cuando me decÃa esas cosas, no paraba de besarme, pero no se atrevÃa a ir a ver al abuelo. Me enseñó a pedir a Dios por el abuelo, y ella también rezaba, y también me contó muchas otras cosas, de cómo habÃa vivido antes con el abuelo, y de cuánto la querÃa el abuelo, más que a nada en el mundo. Ella tocaba el piano y leÃa libros por las tardes, y el abuelo le daba besos y le regalaba muchas cosas… Le regalaba de todo, y una vez incluso riñeron, en un santo de mamá, porque el abuelo se creÃa que mamá no sabÃa lo que le iba a regalar, pero mamá ya lo sabÃa hacÃa tiempo. Mamá querÃa unos pendientes, y el abuelo intentaba engañarla diciendo que no le iba a regalar unos pendientes, sino un broche; asà que, cuando le dio los pendientes y vio que mamá ya lo sabÃa, se enfadó por eso, y estuvo casi todo el dÃa sin hablarle, pero luego él se acercó a darle un beso y a pedirle perdón…