Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Según iba contando la historia, Nellie se dejaba llevar por su entusiasmo, y el rubor iba tiñendo sus pálidas mejillas de enferma.

Era evidente que la madre, en el rincón del sótano, abrazando y besando a su hija (la única alegría que le quedaba en la vida), llorando sobre ella, le había hablado muchas veces de aquellos días felices, sin sospechar siquiera la huella tan viva que tales relatos dejarían en la sensibilidad enfermiza de la débil criatura y en sus precoces afectos.

Pero Nellie, de pronto, pareció caer en la cuenta de que se había emocionado en exceso: miró recelosa a su alrededor y se quedó callada. El viejo frunció el ceño y volvió a tamborilear en la mesa; a Anna Andréievna se le escapó una lágrima, y se la enjugó con el pañuelo sin decir nada.

—Mamá vino muy enferma —añadió Nellie en voz baja—, le dolía mucho el pecho. Estuvimos mucho tiempo buscando al abuelo, sin encontrarle, y tuvimos que meternos en un rincón en aquel sótano.

—¡En un rincón! ¡Y encima estando enferma! —exclamó Anna Andréievna.

—Sí… en un rincón… —respondió Nellie—. Mamá era pobre. Mamá solía decirme —añadió, más animada— que ser pobre no es ningún pecado, que lo que es un pecado es ser rico y ofender a los demás… y que eso Dios lo castiga.


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