Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Eso fue en Vasílievski, ¿no? ¿En casa de Búbnova? —preguntó el viejo, dirigiéndose a mí, en un tono que pretendía aparentar indiferencia. Como si sólo interviniera porque le resultaba incómodo estar callado.

—No, allí no… al principio vivimos en la calle Meshchánskaia —contestó Nellie—. Allí estuvimos en un sitio muy oscuro y muy húmedo —siguió, tras una breve pausa—, y mamá se puso peor, aunque por entonces todavía salía. Yo le hacía la colada, y ella lloraba. También vivía allí una señora mayor, viuda de un capitán, y un funcionario retirado, que siempre venía borracho, y se pasaba las noches gritando y armando escándalo. Yo le tenía mucho miedo. Mamá me metía en la cama con ella y me abrazaba, y no paraba de temblar, mientras el funcionario se dedicaba a dar voces y blasfemar. Una vez quiso pegar a la capitana, que era una señora muy anciana y usaba bastón. A mamá le dio pena de ella y salió en su defensa; total, que el funcionario pegó a mamá, y yo le pegué a él…

Nellie se calló. Los recuerdos la habían excitado; los ojos le centelleaban.

—¡Cielo santo! —exclamó Anna Andréievna, interesadísima en el relato; no apartaba la mirada de Nellie, que casi todo el tiempo había estado dirigiéndose a ella.


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