Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Entonces mamá se marchó —continuó Nellie—, y me llevó consigo. Estuvimos todo el dÃa dando vueltas por las calles hasta que se hizo de noche, y mamá no paraba de llorar, y me llevaba de la mano. Yo estaba muy cansada; no habÃamos comido en todo el dÃa. Mamá estaba todo el rato hablando sola, y a mà me decÃa: «Sé pobre, Nellie, y, cuando yo muera, no hagas caso a nada ni a nadie. No vayas a vivir con nadie; sé independiente, pobre y trabaja; y, si no encuentras trabajo, pide limosna, pero no te vayas con él». Cuando ya anochecÃa, estábamos atravesando una calle importante y, de repente, mamá gritó: «¡Azorka! ¡Azorka!». De pronto, un perro grande, al que se le habÃa caÃdo el pelo, corrió hacia mamá dando aullidos y se echó encima de ella; mamá se asustó, se puso muy pálida, dio un grito y cayó de rodillas delante de un anciano alto que caminaba con bastón, mirando al suelo. Resulta que aquel hombre alto era mi abuelo; era muy flaco e iba muy mal vestido. Aquélla fue la primera vez que le vi. Él también se asustó mucho y palideció; en cuanto vio a mamá tirada delante de él, abrazada a sus pies, la apartó de un empujón, dio un golpe con su bastón en el empedrado y se alejó a toda prisa. Azorka se quedó atrás, no dejaba de aullar y de darle lametazos a mamá; después echó a correr hacia el abuelo, le enganchó del faldón del abrigo y tiró de él hacia atrás. El abuelo lo golpeó con el bastón. Azorka querÃa volver con nosotros, pero el abuelo lo llamó, asà que corrió hacia él, sin dejar de aullar. Y mamá estaba tendida en el suelo como muerta, la gente se agolpaba, llegó la policÃa. Yo no hacÃa más que chillar e intentaba levantar a mamá del suelo. Por fin se puso de pie, miró a su alrededor y me siguió. Yo la llevé a casa. La gente nos estuvo mirando un buen rato, sacudiendo la cabeza…