Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Nellie se calló un momento, para tomar aliento y cobrar fuerzas. Estaba muy pálida, pero sus ojos brillaban con determinación. Estaba claro que, finalmente, estaba dispuesta a contarlo todo. Había en ella, incluso, algo desafiante en esos momentos.
—Bueno —dijo titubeante Nikolái Sergueich, con cierta brusquedad debida a la irritación—; bueno, tu madre había ofendido a su padre, y él tenía motivos para repudiarla…
—Eso mismo me dijo mamá —le interrumpió Nellie—; de camino a casa me lo contó todo: «Ese hombre es tu abuelo —me dijo—. Yo me porté muy mal con él, así que me maldijo, y por eso Dios ahora me ha castigado». Toda aquella noche y los días siguientes me estuvo repitiendo lo mismo. Y me hablaba como si no se diera cuenta de lo que decía…
El viejo se quedó callado.
—Y, más tarde, ¿cómo es que os trasladasteis a ese otro cuarto? —preguntó Anna Andréievna, que seguía llorando en silencio.
—Aquella misma noche mamá cayó enferma, y la capitana encontró aquel cuarto en casa de la Búbnova, y dos días después nos mudamos, y la capitana vino con nosotras; nada más mudarnos, mamá se puso peor y estuvo tres semanas guardando cama, y yo tuve que ocuparme de ella. No nos quedaba dinero, y nos ayudaban la capitana e Iván Aleksándrich.