Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Bueno, cuando mamá ya estaba un poco mejor, yo volví a encontrarme con el abuelo. Había ido a la tienda a comprar pan; de pronto vi a un hombre con Azorka, lo miré y me di cuenta de que era el abuelo. Me aparté y me quedé pegada a la pared. El abuelo me miró, estuvo mirándome un buen rato, y daba tanto miedo que me asusté mucho y seguí mi camino; pero Azorka se acordaba de mí y se puso a dar saltos a mi lado y a darme lametazos en las manos. Yo me fui a casa corriendo, aunque miré hacia atrás y vi que el abuelo entraba en la tienda. «Seguro que pregunta», pensé, así que me asusté todavía más, y al llegar a casa no le dije nada a mamá, no fuera a ponerse mala otra vez. Al día siguiente no quise ir a la tienda; dije que me dolía la cabeza. Volví a los dos días y no vi a nadie, pero me entró un miedo horrible y salí corriendo. Un día después iba yo para allá cuando de pronto, al volver una esquina, vi delante de mí al abuelo con Azorka. Eché a correr, torcí por otra calle y fui a la tienda por otro camino, pero volví a encontrarme con él de cara y me asusté tanto que me quedé paralizada, sin poder dar un paso. El abuelo estaba parado delante de mí, y otra vez me estuvo mirando fijamente, pero después me acarició la cabeza, me tomó de la mano y me llevó con él, y Azorka iba detrás, meneando el rabo. Entonces me di cuenta de que el abuelo no andaba derecho y tenía que ayudarse con el bastón, y las manos le temblaban sin parar. Me llevó a un puestecillo en una esquina, donde vendían priániki[57] y manzanas. El abuelo me compró un priánik con forma de gallo y un caramelo y una manzana y, al ir a sacar dinero de un monedero de piel, las manos le temblaban tanto que se le cayó un piatak[58], y yo se lo recogí. Me regaló la moneda, me dio el priánik y me acarició la cabeza, pero tampoco esta vez dijo nada, y se fue a su casa.


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