Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero ¡él ya la estaba sujetando en sus brazos!
La agarró y, levantándola como a una criatura, la llevó hasta su asiento, la sentó y se arrodilló delante de ella. Le besaba las manos, los pies; le faltaba tiempo para besarla, le faltaba tiempo para contemplarla, como si fuera incapaz de creer todavía que ella estaba otra vez a su lado, que la estaba viendo y oyendo de nuevo, ¡a ella, a su hija, a su Natasha! Anna Andréievna, sollozando, estrechó contra su pecho la cabeza de su hija, y se quedó extasiada en ese abrazo, incapaz de pronunciar una sola palabra.
—¡Mi amor!… ¡Mi vida!… ¡Mi alegría!… —exclamaba el anciano de forma incoherente, cogiéndole las manos a Natasha, y contemplando, como un enamorado, su adorable cara, pálida y demacrada, y sus ojos, donde resplandecían las lágrimas—. ¡Mi alegría! ¡Mi niña! —repetía una y otra vez, para volver a callarse, mirándola extasiado, con absoluta veneración—. ¿Eras tú el que decía que estaba más delgada? —preguntaba atropelladamente, volviéndose hacia mí con una sonrisa casi infantil, aún arrodillado delante de ella—. Es verdad que está algo más delgada, y algo más pálida, pero mírala bien: ¡está guapísima! Más guapa aún que antes, ¡más guapa aún! —añadió, con la voz quebrada por ese dolor íntimo, por ese gozoso dolor que parece romper el alma en dos.
