Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Recorrimos dos veces el jardÃn antes de que se animara a hablar de nuevo.
—Hoy ha venido Maslobóiev, y ayer también estuvo aquà —dijo.
—SÃ, últimamente os visita muy a menudo.
—Y ¿sabes a qué ha venido? Mamá tiene una confianza ciega en él. Cree que sabe tanto de esas cuestiones (de leyes y demás) que puede arreglar cualquier cosa. No te imaginas lo que tiene ahora en la cabeza mamá. A ella, en el fondo de su alma, le da mucha pena que yo no me haya convertido en princesa. Esa idea no le deja vivir y, por lo visto, se la ha comentado a Maslobóiev. A mi padre no se atreve ni a mencionárselo, y por eso habrá pensado que a lo mejor Maslobóiev podÃa ayudarla y le habrá preguntado si se puede hacer algo de forma legal. Maslobóiev, aparentemente, no la desmiente, y ella le agasaja con vino —añadió Natasha con una sonrisa.
—Ese granuja no necesita más. Y tú ¿cómo lo sabes?
—Bueno, la verdad es que mamá me lo ha dado a entender… Con alusiones…
—¿Y Nellie? ¿Cómo está? —pregunté.
—Me tienes asombrada, Vania: ¡todo este tiempo sin preguntar por ella! —me reprochó Natasha.