Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pregunté por Nikolái Sergueich.
—Supongo que no tardará —respondió Natasha—; prometió estar de vuelta para el té.
—¿Sigue detrás de ese puesto?
—SÃ; el caso es que eso ya parece resuelto, asà que no creo que hoy le hiciera falta salir —comentó pensativa—. PodÃa haberlo dejado para mañana.
—Y entonces ¿por qué ha salido?
—Pues porque he recibido esta carta… Sufre tanto por mà —añadió Natasha, tras una pausa— que yo lo paso fatal, Vania. Parece que sólo sueña conmigo. Estoy segura de que no tiene más que una cosa en la cabeza: qué me ocurre, cómo vivo, en qué pienso. Todos mis pesares se reflejan en él. A veces, veo que intenta sobreponerse, sin demasiado éxito, y trata de aparentar que no está preocupado por mÃ, se finge animado y procura reÃrse y hacer que nos riamos. En esos momentos mamá también está fuera de sÃ, y no se deja engañar por esas risas, y suspira… Es tan torpe la pobre… ¡Tiene un espÃritu tan recto! —dijo riéndose—. Asà que hoy, como me ha llegado la carta, a mi padre le ha parecido oportuno marcharse corriendo para no tener que encontrarse con mi mirada… Yo a él le quiero más que a mà misma, más que a nada en el mundo, Vania —añadió bajando la cabeza y cogiéndome con fuerza de la mano—; incluso más que a ti…