Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Le devolví ambas cartas a Natasha; cambiamos una mirada, pero no dijimos una palabra. Lo mismo había ocurrido al llegar las dos primeras cartas. En general, evitábamos hablar del pasado, como si así lo hubiéramos acordado. Yo era consciente de que Natasha sufría de un modo insoportable, pero ella no quería darlo a entender, ni siquiera ante mí. Tras regresar a casa de sus padres, estuvo tres semanas enferma, con accesos de fiebre, y apenas se había repuesto. Tampoco solíamos comentar el nuevo cambio que se avecinaba, aunque sabía que su padre había conseguido un empleo y que pronto tendríamos que separarnos. A pesar de todo, se mostraba muy cariñosa y atenta conmigo, y ponía mucho interés en todo lo que tuviera que ver conmigo últimamente; escuchaba con tanta atención, con tanto empeño, con tanta tenacidad, todo lo que yo le contaba que al principio llegaba a molestarme: me daba la impresión de que quería compensarme por el pasado. Pero aquel malestar no duró mucho: no tardé en darme cuenta de que a ella la movían otros sentimientos; sencillamente, me quería, me quería inmensamente, no podía vivir sin mí ni podía dejar de interesarse por todo lo que me afectaba. Yo pensaba que ninguna hermana había querido tanto a su hermano como Natasha me quería a mí. Yo sabía muy bien que la separación que nos aguardaba le pesaba en el alma, que Natasha sufría; ella también sabía que yo era incapaz de vivir sin ella. Pero evitábamos hablar de eso, aunque sí hablábamos con todo detalle de otros acontecimientos que nos esperaban…


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