Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Eran dos hojas inconexas, incoherentes, escritas de forma apresurada, indescifrables, plagadas de borrones y lágrimas. Aliosha empezaba renunciando a Natasha y le pedía que se olvidara de él. Intentaba demostrar que su unión era imposible, que ciertas influencias ajenas y hostiles eran más fuertes que él y, en definitiva, que así debía ser: juntos, Natasha y él habrían sido desdichados, porque no eran iguales. Pero se veía que no había sido capaz de resistirse y, de buenas a primeras, dejándose de argumentos y de consideraciones, allí mismo, directamente, sin romper ni descartar la primera mitad de la carta, reconocía que había actuado como un canalla con Natasha, que era un hombre muerto, sin energía para oponerse a los deseos de su padre, que se había presentado en la aldea. Decía que no se sentía con fuerzas para describir sus sufrimientos; admitía, entre otras cosas, que era plenamente consciente de que podría haber hecho feliz a Natasha, pretendía demostrar, de pronto, que estaban hechos el uno para el otro; enrabietado, se obstinaba en desmentir las razones de su padre; desesperado, dibujaba el cuadro de felicidad perdurable que les habría aguardado a los dos, a Natasha y a él, si se hubieran casado, se maldecía por su apocamiento y… ¡decía adiós para siempre! Era una carta escrita con dolor; se notaba que estaba fuera de sí mientras la escribía… Se me saltaron las lágrimas… Natasha me entregó otra carta, de Katia. Venía en el mismo sobre que la carta de Aliosha, pero estaba sellada independientemente. Katia, con brevedad, en unas pocas líneas, informaba de que Aliosha, en efecto, estaba muy triste y no paraba de llorar; parecía desesperado y hasta algo enfermo, pero ella estaba a su lado y él sería feliz. Entre otras cosas, Katia trataba de dejarle claro a Natasha que no era de esperar que Aliosha superara pronto su abatimiento, porque la herida era profunda. «Jamás la olvidará —añadía—; jamás podrá olvidarla, porque así es su corazón; la ama a usted sin medida y siempre la amará; de modo que, si alguna vez dejara de amarla, si alguna vez dejara de sufrir al acordarse de usted, yo sería la primera en dejar de quererle de inmediato…»