Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡No, Vania, no! Tú no le conoces, has pasado poco tiempo con él; hace falta conocerle mejor para juzgarle. ¡No hay corazón en el mundo más sincero y puro que el suyo! ¿Qué? ¿Acaso sería mejor que mintiera? Para que se quede prendado de otra, basta con que estemos una semana separados, pero después, al verme, cae de nuevo a mis pies. ¡Sí! Lo bueno, además, es que yo lo sé, que no me lo oculta, porque, de lo contrario, me moriría de desconfianza. ¡Sí, Vania! Ya he tomado una decisión: Si no estoy a su lado siempre, constantemente, en todo momento, dejará de amarme, se olvidará de mí y me abandonará. Él es así: cualquier otra mujer puede arrastrarle. Y ¿qué haría entonces yo? Me moriría… Pero ¡qué más me da morir! ¡Moriría gustosa ahora mismo! ¿Cómo voy a vivir sin él? ¡Eso es peor que la propia muerte, es peor que todos los tormentos! ¡Oh, Vania, Vania! ¡Puedes imaginarte cuánto le amo para abandonar en estos momentos a mis padres por él! No trates de persuadirme: ¡todo está decidido! Tiene que estar a mi lado cada hora, cada instante; no puedo volverme atrás. Sé que estoy arruinando mi vida, y también la de otros… ¡Ah, Vania! —gritó de repente y se estremeció—. ¿Y si fuera verdad que ya no me quiere? ¿Y si fuera cierto lo que acabas de decir de él —eso nunca había salido de mi boca—: que simplemente está engañándome y que, aunque parece tan sincero y franco, es en realidad ruin y vanidoso? Mira que si estoy defendiéndole yo ante ti, mientras él está con otra, riéndose para sus adentros… Cuando yo, yo, infame de mí, lo he abandonado todo y ando buscándole por las calles… ¡Oh, Vania!


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