Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Unos cinco días después del fallecimiento de Smith, me instalé en su piso. Aquel día me resultó insoportablemente triste. Hacía un tiempo desapacible y frío; caía aguanieve y llovía. Sólo al atardecer, por un instante, se asomó el sol y un rayo perdido, movido sin duda por la curiosidad, penetró en mi habitación. Empecé a arrepentirme de haberme mudado. Aunque la habitación era espaciosa, tenía los techos muy bajos, las paredes ahumadas, olía a rancio y estaba desagradablemente vacía, pese a contar con algunos muebles. En seguida pensé que aquel piso acabaría con la poca salud que me quedaba. Y así fue.
Me había pasado toda la mañana entretenido con mis papeles, clasificándolos y poniéndolos en orden. A falta de cartera, los había trasladado en una funda de almohada; estaban todos arrugados y embarullados. Luego me senté a escribir. Aún seguía trabajando en mi gran novela, pero no lograba concentrarme; tenía la cabeza en otras cosas…
