Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Dejé la pluma y me senté junto a la ventana. Estaba oscureciendo y yo me sentía cada vez más triste. Me asaltaban pensamientos sombríos. Tenía la sensación de que finalmente moriría en San Petersburgo. Se acercaba la primavera; se me ocurrió que a lo mejor revivía si escapaba de aquel cascarón y salía a disfrutar del aire libre, a respirar la fragancia de los campos y los bosques: ¡hacía tanto que no los veía…! Recuerdo que también pensé en lo magnífico que sería si por arte de magia o por un milagro pudiera olvidar todo lo que había vivido en los últimos años: olvidarlo todo, refrescar mis pensamientos y empezar otra vez con renovadas fuerzas. Entonces aún soñaba con eso y abrigaba la esperanza de una resurrección. «Debería ingresar en un manicomio —llegué a pensar—; de ese modo, todo cambiaría en mi cabeza, volvería a orientarme y así recobraría la salud.» ¡Aún tenía ansias de vivir, tenía fe en la vida! Pero también recuerdo que entonces me eché a reír. «¿Y qué iba a hacer al salir del manicomio? ¿Volver a escribir novelas?»

Así estaba yo, soñando y lamentándome, mientras el tiempo iba pasando. Estaba anocheciendo. Había quedado aquella noche con Natasha, que me había hecho llegar la víspera una nota muy persuasiva. Me levanté de un salto y empecé a prepararme. De todos modos, necesitaba salir lo antes posible de aquel piso, a pesar de la lluvia y el mal tiempo.


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