Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Recuerdo que estaba de espaldas a la puerta, cogiendo mi sombrero de la mesa, cuando de pronto, en ese mismo instante, me asaltó la idea de que al girarme, con toda seguridad, iba a ver a Smith: primero abriría sigiloso la puerta, se detendría en el umbral y examinaría la habitación; luego, en silencio, bajando la cabeza, entraría, se situaría delante de mí, clavaría en mí sus turbios ojos y, de repente, se echaría a reír en mi cara con una prolongada risa, desdentada y silenciosa, que le sacudiría de pies a cabeza y le haría agitarse durante un buen rato. Esta visión se dibujó de pronto en mi imaginación de una forma extraordinariamente viva y nítida, y tuve, al mismo tiempo, la más absoluta y plena certeza de que todo eso iba a suceder ineludiblemente, de que ya estaba sucediendo, y si no lo veía era por estar de espaldas a la puerta, la cual, posiblemente, ya se estaría abriendo en aquel preciso instante. Me volví bruscamente, y ¿qué fue lo que vi? La puerta, en efecto, se estaba abriendo: se abría despacio, silenciosamente, tal y como había imaginado hacía un instante. Solté un grito. Pasaba el tiempo y no se veía a nadie, como si la puerta se hubiera abierto sola; de pronto una extraña figura apareció en el umbral; unos ojos, según pude vislumbrar en la oscuridad, me miraban fija y persistentemente. Un escalofrío recorrió todos mis miembros. Descubrí con horror que era una criatura, una niña; la presencia del mismísimo Smith probablemente no me habría asustado tanto como me asustó la extraña e inesperada aparición de una chiquilla desconocida en mi habitación, a tales horas y en aquellas circunstancias.