Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Como ya he dicho, abrió la puerta en absoluto silencio, muy despacio, como si tuviera miedo de entrar. Tras dejarse ver, se detuvo en el umbral y se quedó un buen rato mirándome extrañada, casi estupefacta; por fin, muy despacio, dio dos pasos al frente hasta pararse delante de mí, pero seguía sin decir palabra. Pude examinarla más de cerca. Era una niña de doce o trece años, de pequeña estatura, delgada, pálida, como recién salida de una grave enfermedad, lo cual hacía que sus enormes ojos negros refulgieran con mayor intensidad. Con la mano izquierda sujetaba una vieja y raída toquilla que le cubría el pecho, aún tembloroso por el frío vespertino. Bien se podía decir que iba envuelta en harapos; su espesa cabellera morena la llevaba toda desgreñada. Estuvimos así un par minutos, examinándonos porfiadamente.

—¿Dónde está el abuelo? —preguntó al fin la niña, con una voz ronca apenas perceptible, como si le doliera el pecho o la garganta.

Todo mi terror místico se desvaneció al oír aquella pregunta. Por fin alguien se interesaba por Smith; inesperadamente, había dado con su rastro.



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