Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Tu abuelo? ¡Pero si está muerto! —le espeté bruscamente, pues no estaba preparado para responder a una pregunta como ésa, y en seguida me arrepentÃ. Permaneció inmóvil un minuto y de pronto se estremeció toda ella con tanta fuerza como si estuviese a punto de sufrir un grave ataque de nervios. La sujeté para evitar que se desplomara. A los pocos minutos ya se encontraba mejor, y pude ver claramente que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para ocultarme su turbación—. ¡Perdóname, niña, perdóname! ¡Perdóname, criaturita mÃa! —le dije—. Te lo he dicho de un modo tan brusco, y a lo mejor ni siquiera se trata de la misma persona… ¡Pobrecilla! ¿A quién estás buscando? ¿Al viejo que vivÃa aquÃ?
—Sà —susurró con esfuerzo, mirándome alterada.
—¿Su apellido era Smith? ¿Verdad?
—¡S-sÃ!
—Pues entonces… sà es él quien ha muerto… Pero no te aflijas, querida mÃa. ¿Cómo es que no te has presentado antes? ¿De dónde vienes ahora? Ayer fue el entierro; murió de repente, súbitamente… Asà que tú eres su nieta, ¿no?