Humillados y ofendidos

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La niña no respondió a mis atropelladas y caóticas preguntas. Sin decir nada, dio media vuelta y salió en silencio de la habitación. Yo estaba tan impactado que dejé de retenerla e interrogarla. Se detuvo de nuevo en el umbral y, volviéndose hacia mí, preguntó:

—¿Ha muerto también Azorka?

—Sí, Azorka también ha muerto —contesté a su pregunta, que me había parecido muy extraña: era como si tuviera la absoluta certeza de que Azorka había de morir junto con el viejo. Tras oír mi respuesta, la niña salió en silencio de la habitación y, con cuidado, entornó la puerta detrás de sí.

Al cabo de un minuto salí corriendo tras ella, terriblemente disgustado por haberla dejado marchar. Salió con tanto sigilo que ni siquiera la oí abrir la otra puerta, la que daba a la escalera. Creía que no le había dado tiempo a bajar y me detuve en el zaguán, aguzando el oído. Pero estaba todo en silencio, no se oían pasos de nadie. Tan sólo un portazo en un piso inferior, y de nuevo se hizo el silencio.



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