La mansa
La mansa AllÃ, junto al portón, delante de Lukeria, le anuncié –habÃa que ver lo sorprendida que estaba por el mero hecho de que la hubiera llamado– que considerarÃa una felicidad y un honor… En segundo lugar, le dije que no se asombrara de mi manera de proceder y de ese encuentro junto al portón: «Soy un hombre sincero y he estudiado las circunstancias del caso». Y no mentÃa al calificarme de hombre sincero. Bueno, dejemos eso. Hablé no solo de forma correcta, es decir, demostrando que era un hombre educado, sino también con originalidad, que es lo principal. ¿Qué pasa? ¿Acaso está mal reconocerlo? Quiero juzgarme y me juzgo. Debo hablar en pro y en contra, y asà lo hago. Más tarde recordarÃa esa escena con placer, por absurdo que pueda parecer: en aquella ocasión declaré con toda claridad, sin empacho alguno, que, en primer lugar, no tenÃa mucho talento ni era muy inteligente, y quizá tampoco especialmente bondadoso; que era más bien un egoÃsta barato (recuerdo que esa expresión se me ocurrió por el camino y quedé muy satisfecho de ella) y que era más que probable que tuviera muchos otros rasgos desagradables. Todo eso lo dije con un orgullo de una clase muy especial; ya saben cómo se dicen esas cosas. Desde luego, tuve el suficiente buen gusto para, después de confesarle con nobleza mis defectos, no ponerme a enumerar mis virtudes, diciendo, por ejemplo: «Pero, en compensación, poseo tales y tales cualidades». Vi que ella aún tenÃa muchÃsimo miedo, pero yo no atenué mis palabras; al contrario, advirtiendo lo asustada que estaba, cargué las tintas a propósito; le dije claramente que no pasarÃa hambre, pero que se olvidara de los vestidos, de los teatros y de los bailes, al menos hasta más tarde, cuando hubiera alcanzando mi propósito. Ese tono severo me entusiasmaba. AñadÃ, también como sin darle importancia, en la medida de lo posible, que, si habÃa elegido esa ocupación, es decir, si mantenÃa esa casa de empeños, era con un solo fin, que habÃa determinada circunstancia… La verdad es que tenÃa derecho a hablar de esa manera: ese fin y esa circunstancia existÃan realmente. Debo confesarles, señores, que soy el primero que toda la vida he odiado esa casa de préstamos, pero, en verdad, aunque resulte ridÃculo decirse a sà mismo frases enigmáticas, «me estaba vengando de la sociedad». ¡SÃ, asà es, asà es! De manera que su broma de esa mañana, cuando me preguntó si me «estaba vengando», era injusta. Es decir, entiéndanme, si yo le hubiera dicho de manera expresa: «SÃ, me vengo de la sociedad», ella se habrÃa reÃdo a carcajadas, como por la mañana, y la verdad es que habrÃa sido ridÃculo. Mientras que, mediante una alusión indirecta y soltando una frase enigmática, fui capaz de excitar su imaginación. Además, en aquel momento no tenÃa miedo de nada: sabÃa que, en cualquier caso, el grueso comerciante le repugnaba más que yo y que, allà en el portón, aparecÃa como su liberador. Me daba perfecta cuenta. ¡Ah, el ser humano entiende especialmente bien las vilezas! Pero ¿era eso una vileza? ¿Se puede condenar a un hombre por algo asÃ? ¿Acaso no la amaba ya entonces?