La mansa
La mansa Esperen. Ni que decir tiene que no le hablé para nada de una buena acción; al contrario, muy al contrario: «Soy yo quien debe sentirse agradecido, no usted». La verdad es que lo expresé hasta con palabras, incapaz de contenerme, y debió de resultar estúpido porque advertí una fugaz arruga en su frente. Pero en conjunto había ganado totalmente la partida. Esperen. Si hay que recordar toda esa inmundicia, debo mencionar una última porquería: mientras estaba allí delante de ella, esto es lo que me daba vueltas en la cabeza: «Eres alto, apuesto, bien educado y, en fin, sin que suene a fanfarronada, nada feo». Eso era lo que se me pasaba por la imaginación. Naturalmente, ella me dio el sí allí mismo. Pero… pero debo añadir una cosa más: estuvo un buen rato pensando antes de aceptarme. Tan sumida estaba en sus reflexiones que estuve a punto de preguntarle: «¿Y bien?»; y al final no pude contenerme y se lo pregunté con cierto rebuscamiento: «¿Y bien, señorita?».
–Espere un momento, déjeme que lo piense.