La mansa

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¡Y tenía una expresión tan seria que ya entonces podría haberlo adivinado todo! Pero, en vez de eso, me sentí ofendido: «¿Será posible que entre el tendero y yo no sepa a quién elegir?». ¡Ah, entonces todavía no entendía! ¡Entonces no entendía nada, absolutamente nada! ¡No he entendido nada hasta hoy! Recuerdo que Lukeria salió corriendo detrás de mí cuando ya me iba, se detuvo en medio del camino y me dijo atropelladamente: «Dios le recompensará, señor, por casarse con nuestra querida señorita, pero no se lo diga; es orgullosa».

¡Conque orgullosa!, me dije. Pero a mí me gustan las mujeres con orgullo. Están especialmente bien cuando… bueno, cuando uno ya no duda del poder que tiene sobre ellas, ¿no es así? ¡Ah, hombre vil y torpe! ¡Ah, qué satisfecho me sentía! Pero miren ustedes: cuando ella estaba entonces en el portón, sumida en sus reflexiones, antes de darme el sí, me asombraba, saben, que por su cabeza pudiera estar pasando el siguiente pensamiento: «Ya que seré infeliz tanto con uno como con otro, ¿no sería mejor elegir sin más al peor, es decir, al comerciante gordo, para que me mate a golpes cuanto antes durante una borrachera?». ¿Eh? ¿Qué dicen ustedes? ¿Creen que pudo albergar ese pensamiento?



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