La mansa
La mansa Ahora tampoco lo entiendo. ¡Ahora tampoco entiendo nada! Acabo de decir que pudo albergar este pensamiento: de dos desgracias, elegir la peor, es decir, al comerciante. Pero ¿quién era el peor para ella entonces, el comerciante o yo? ¿El comerciante o el prestamista que citaba a Goethe? ¡Ésa es la cuestión! ¿Qué cuestión? Tampoco ahora comprendes nada: ¡tienes la respuesta encima de la mesa y sigues hablando de una «cuestión»! ¡Al diablo conmigo! En este caso no se trata de mí… Aunque, por lo demás, ¿qué puede importarme ahora que se trate o no de mí? Eso es lo que no puedo dilucidar. Será mejor que me vaya a la cama. Me duele la cabeza…