La mansa
La mansa ¡Es estúpido, estúpido, estúpido! Le expliqué entonces en dos palabras, con toda claridad y crudeza (recalco lo de la crudeza), que la magnanimidad de la juventud es encantadora, pero no vale un céntimo. ¿Por qué? Porque apenas le cuesta nada, la adquiere sin haber vivido; todo eso, por decirlo de alguna manera, no son más que «las primeras impresiones del ser», ¡pero espera a verte en dificultades! La magnanimidad barata siempre es fácil; incluso entregar la vida es barato, porque en la juventud hierve la sangre, hay un exceso de energÃa y se siente un anhelo apasionado de belleza. En lugar de eso, trate usted de realizar una proeza de la magnanimidad que sea difÃcil, silenciosa, anodina, sin brillo, expuesta a la calumnia, donde el sacrificio inmenso no reporte ni un ápice de gloria, donde usted, hombre intachable, aparezca ante todos como un canalla, cuando en verdad es la persona más honrada del mundo. ¡Vamos, pruebe a llevar a cabo esa heroicidad! Pero ¡no, no se decidirá! Pues yo no he hecho otra cosa en mi vida que cargar con la cruz de semejante proeza. Al principio ella me contradecÃa, ¡y cómo!, pero luego se fue callando, hasta quedar muda del todo, limitándose a poner los ojos como platos y escucharme con atención. Y… y, además, vi de pronto una sonrisa incrédula, silenciosa, desagradable. Y con esa sonrisa la llevé a mi casa. La verdad es que no tenÃa ningún otro lugar al que ir…